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lunes, 27 de agosto de 2018

El odio abona a la guerra económica




José Javier León
Seguro han escuchado aquello de que “al enemigo ni agua”, pues bien, los ricos, la oligarquía, los poderes de facto a través de sus instrumentos y operadores anti-políticos, empresarios y comerciantes, se han complotado para decir de consuno “a los chavistas ni agua” y cuando dicen chavistas dicen pueblo, dicen gobierno. Porque eso desde ya es una señal de que saben, más que muchos “críticos”, que este es un gobierno popular y que si joden al pueblo, joden al gobierno.
La fórmula no es que les haya dado mucho rédito político-electoral, pero tanto va el agua al cántaro que al fin se rompe y se romperá, sacan sus cuentas, como sea. Sea por la vía de un desastre desde natural hasta social, que desate la ansiada pelea de perros, el mejor escenario para que los gringos a través de sus mercenarios propios y locales, des-gobiernen, como lo hacen en los países donde han logrado instalar el estercolero que ellos llaman “democracia”.
Aquí han adelantado mucho, si vemos que ya no existe oposición. No es para alegrarse porque significa que no tiene el gobierno un interlocutor político sino que tiene que vérselas con una suerte de enjambre descoordinado, informe e inatrapable difuminado en innumerables f-actores que acordaron siguiendo las pautas de un liberalismo gamberro a envenenar y pervertir el orden social, abonando a la minuciosa desintegración de la sociedad. No tener oposición ha hecho por ejemplo, que el gobierno se reúna con casi cualquier opositor otorgándole un rango y una beligerancia caricaturesca, como cuando se reunió con el evangélico muy conocido en su casa.
Mientras esto sucede, en innumerables circuitos y redes virtuales y sociales, células terroristas durmientes unas y despiertas otras planifican y acometen atentados contra campesinos, líderes, instituciones, instalaciones, procesos. Se trata de una guerra multimodal y multifactorial. Ya se ha dicho y no es poco.
Debo agregar que el odio trasmitido e inoculado a través de los medios es un ingrediente fundamental en la guerra económica pues de alguna manera retorcida pero manera al fin, comunica al comerciante (profundamente alienado por la ideología de la acumulación de capital) último eslabón en la cadena pero que toca y afecta a absolutamente toda la población, grande o pequeño, que no debe bajo ninguna circunstancia venderle por las buenas nada al pueblo tenga o no tenga con qué comprar. Bueno, si no tiene, mejor.
La idea básica es que los bienes sean inaccesibles para el grueso de la población, esa que votó primero por el zambo Chávez y ahora por el autobusero. La idea es que esa población que, por millones, apoya y ha apoyado electoralmente al gobierno, no pueda vivir. Que su trabajo no le permita adquirir los bienes y que ni sobre-explotándose trabajando en lo que sea y como sea, le alcance. Que su mejor opción sea incluso no trabajar y que la del salir del país, como ya se está viendo -a través de los mismos medios que promueven la estampida- le resulte cuesta arriba y arriesgada, porque afuera lo que conseguirán es la xenofobia que juega garrote, odio fomentado por los medios que dicen una y otra vez que Venezuela no vale medio y por ende sus naturales tampoco.
En fin, que mientras el chavismo siga en el poder será una cárcel el país y una tumba el mundo.
¿Cómo logramos desactivar el odio? Creando mecanismos transparentes de acceso a los bienes y servicios. Debe saberse, aunque los venezolanos lo sabemos a la saciedad, que por ahí comenzó todo: por ocluir el acceso a los productos. Primero con colas de bachaqueros apostados día y noche en las puertas de los negocios -situación que duró largos y terribles años- hasta que la híper-inflación inducida convirtió la mortadela mantecosa en articulo de lujo. Y en cuanto a los servicios, ya sabemos cómo están las comunicaciones, la electricidad, el agua y el gas. En muchos casos, interrumpidos con desesperante frecuencia, cortados definitivamente o casi, boicoteados o reducidos en su calidad hasta niveles ínfimos. La idea central con esta operación de desmantelamiento es introducir en la mente del venezolano que “privado es mejor”.
De modo que, acceder a los bienes y servicios resulta esencial. Y, fundamental y estratégico, hacerlo de manera transparente. Considero además que por la vía de la educación y la formación ciudadana no será posible crear una cultura o forma de ser anti-capitalista al menos en los plazos de la urgencia que la cosa amerita, digo antes del estallido que los chavistas -y en general el modo de ser del venezolano- está evitando y conteniendo desde hace rato.
El Bolívar ilustrado pensaba que las leyes debían corregir la desigualdad aunque sabía como nosotros que los ricos con las leyes hacen lo que les place. Limpiarse, por ejemplo, y no los mocos. Leyes y gacetas se han atrevido a romper frente a las cámaras con total impunidad y cuando pudieron, borraron de un plumazo una Constitución.
Creo pues, que buena parte de nuestra salvación pasa por la tecnología. Necesitamos un sistema de precios controlado de manera electrónica, impermeable al odio, al desprecio, al racismo. Que los bienes vengan marcados -de fábrica y muchos apenas desciendan del barco- por un código de barras y que la transacción sea exclusivamente electrónica. Ya lo dijo Luis Britto García:
“... es indispensable activar una propuesta como la del ingeniero Rafic Derjani Bayeh, en el sentido de instaurar un sistema digital universal, centralizado y transparente de administración de costos y precios, que permita tanto a las empresas como a la administración y al público determinar, en tiempo real, los activos invertidos y los beneficios obtenidos en cada transacción económica”.
Mientras eso llega, con la tecnología QR por cierto se están dando pasos importantes, debemos tener conciencia de que lo que está en el fondo del asunto es racismo mondo y lirondo. Si no lo entendemos, podemos caer víctimas de las guerras de odio como la de los hutus y tutsis en Ruanda. No se crea que no lo han intentado y el pueblo venezolano ha sabido evitar en la raya ese baño de sangre. Recordemos las repetidas guarimbas y la milagrosa elección por la Constituyente. Mas nunca se sabe cuándo se pueden reavivar esos demonios. A veces basta una simple llamita y un viento a favor para que prenda el candelero.
Los comerciantes, escondiendo los productos que el pueblo ya puede comprar, están jugando con fuego. No cabe duda. Hace falta sí, un Estado fuerte pero no hay leyes ni controles que valgan cuando el racismo se envalentona, y a la hora del pandemonio la irracionalidad del comerciante promoverá e incentivará irresponsablemente el peor de los escenarios. Por eso pacta a la hora de la chiquita con los sectores más corrompidos de la sociedad e incluso corroe con prebendas y regalías a las fuerzas del otro-orden. No les importa nada -ni a unos ni a otros- con tal de preservar sus privilegios, la integridad del capital y el poder que da, que sienten que tienen.
Los ricos necesitan exhibir su riqueza y contrastarla para sentirse grandes y poderosos. Allá ellos y sus complejos. No es que los ricos sean malos en sí mismos, sino que la riqueza es una hipertrofia social que se sostiene sobre el racismo y escamotea la violencia de la desigualdad. Las mercancías -y en una sociedad enferma de capitalismo todo se vuelve mercancía- se definen por la inaccesibilidad con respecto a los trabajadores (que las producen). Si cualquiera puede adquirir un bien, el valor (social) y su precio tienden a cero, es decir, al des-precio. ¿Por cierto, el desprecio que sienten por el Estado y sus instituciones no viene también de que estiman que (un) cualquiera es Presidente? Los ricos deben reproducir la sociedad que resguarde sus privilegios fabricando exclusión. La apuesta de la revolución consiste en conquistar la igualdad y ello se logra, entre otras muchas cosas pero sobre todo, desmercantilizando.
Quitémosle a los ricos la potestad de ponerle a las cosas precio, y sometamos el sistema a un control electrónico -racional, matemático, objetivo, algorítmico- que marque las mercancías desde la producción hasta la distribución y venta. Que se establezcan con claridad y transparencia, los costes.
¿Complicado? Puede ser, pero de verdad verdad, no nos queda (de) otra.

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