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sábado, 25 de agosto de 2018

El problema es el racismo

José Javier León - UBV
joseleon1971@gmail.com 
Viene de nuestra constitución histórica, de la Conquista y la Colonia. Del señor de estos dominios que, lejos de la Corona cumplía pero no acataba, limpiándose el culo a carcajada batiente con las Leyes de Indias, más o menos como lo siguen haciendo hoy sus herederos, los Amos del Valle y Grandes Cacaos, con las leyes y gacetas de la República. No les importa nada. 
Contra los blancos peninsulares, mantuanos y su ilustrísima descendencia han ido desde siempre los indios y negros, los zambos y mulatos, liderados por Boves, por Páez y Bolívar; luego por Zamora. La pelea ha sido a muerte. Devastadora fue la guerra de Independencia y tras la Guerra Federal quedó Venezuela convertida en un erial. 
Cuando el pueblo venció a los ejércitos de los oligarcas con Zamora a la cabeza y una nación democratizada nacía para rescatar el sueño de Bolívar, apareció el tiro traidor y la república se volvió a reacomodar en las manos de los poderosos de siempre; vencidos sus ejércitos en los campos de batalla, crecieron como hongos en los escritorios y oficinas de la cipaya y lacaya "república" con su decimonónica y cuasi eternizada burocracia. 
Se trata de una historia demasiado conocida, pero vale la pena resaltar lo siguiente: el pueblo, rebelde y arisco, se ha enfrentado una y otra vez a una oligarquía clasista y racista, que básicamente no tolera que el pueblo coma y se vista lo que al parecer, por derecho divino, sólo ellos tienen derecho a comer y vestir. La idea básica es que debe expresarse la dominación estableciendo abismos. Ustedes allá, nosotros aquí. Ustedes, afuera. Nosotros, adentro. Porque para que el dinero valga, debe comprar lo que sólo la clase alta puede comprar. Si el dinero se usa como un instrumento democratizador para que todos y cualquiera compre lo que necesite, el dinero -desde la lógica racista de los ricos- deja de valer. Por eso, hay que robarlo, esconderlo, traficarlo, envilecerlo hasta lograr que no valga ni medio y se nos restriegue su falta de valor en forma de cintillos, carteras artesanales y desprecio.
Por otro lado, la racialización del espacio se dio en el diseño de las ciudades con sus centros y periferias, replicándose en todas las escalas. De alguna manera por eso Caracas está en una suerte de zona externa y exclusiva, pues todo lo demás es el “interior” del país. Y cuando Caracas se comenzó a democratizar por el crecimiento interior de la Misión Vivienda, cuando otra Caracas creció desde adentro, los ricos verbalizaron un nuevo punto cardinal que los encapsulara como en otra dimensión: el Este del Este. O sea, bien lejos del perraje.
Lo mismo pasó con la educación y el acceso a la cultura. Valen los títulos y las universidades si hay exclusión. Igualmente, vale la cultura, si crea distinción y un lenguaje y códigos para entendidos e iniciados.
Insisto en que esto es demasiado trillado, pero si se usa para entender el porqué de los “precios” y la especulación muchas cosas se aclaran. Se ha dicho que no hay razones económicas para los incrementos, pero si pensamos en la “lógica” racista de que el pobre no puede comer el mismo corte de carne que el rico come, la cosa se aclara. Si el gobierno crea las condiciones para que el pobre acceda a la proteína, entonces no le queda de otra al rico, al propietario, que esconderla hasta que los controles se relajen y pueda otra vez -sin pobres en la costa- exhibirla en las vidrieras de los minimarket como si se tratara de un artículo de lujo, digno sólo de y para potentados. 
Para el pobre, las vísceras y hoy, ni eso. A lo sumo, huesos rojos y pellejo a precio de lomo.

A ello se suma que el pueblo viene cometiendo el error político de votar por la izquierda, por un plan de gobierno que busca favorecerlo, es decir, que promueva que pueda acceder a la proteína animal y vegetal, al huevo, al pescado, a los granos, a la carne y a la leche. A la educación, a la cultura, a la salud. A los bienes culturales, a la memoria y a la historia. Ese error entonces, debe pagarlo caro.
Buscó entonces el poder de facto que gobierna la producción, la distribución y la venta, a través de mecanismos mafiosos, distorsionar el sistema de modo que el pobre ni soñara comer y vestirse dignamente, fabricando e imponiendo una economía basada en un dólar ficticio, que -sobre la base cultural del racismo histórico- provocó una división abismal -la distancia y categoría- que alejó a los pobres de sus reservados y exclusivos espacios físicos y subjetivos de confort.
¿Qué querían? Que el pueblo le diera la espalda al gobierno, que lo abandonara en las elecciones y le abriera paso a la derecha. Ocurrió en 2015 cuando las elecciones de la AN, pero nos repusimos y tras la violencia de la guarimba y la recomposición casi milagrosa de nuestras fuerzas, logramos una fila de victorias que concluyeron con la presidencial del 20 de mayo, por lo que la cosa -al menos por la vía electoral y la que menos les interesa, la verdad- se les aleja por seis años más. Por eso, el magnicidio. La amenaza de invasión. La invocación de un desastre que descalabre al gobierno y al Estado y se abra la puerta franca para la “Ayuda Humanitaria” made in Usa que ya sabemos lo que significa.
Como una respuesta a esta lógica irracional del racismo, el odio y la exclusión, a Nicolás y a su equipo se le ocurrió diseñar una economía paralela, nuestra. Algo así como bypassear la economía como ya se hizo con bastante éxito con las misiones, cuando muchas lograron colársele por los palos al Estado imprimiéndole una ligereza inédita a un mastodonte lento y obtuso.
 
Se trata pues, de crear un sistema económico nuevo, alterno, flexible, basado-fundado en nuestras riquezas, las que tanto añora el Imperio. Respaldado en petróleo y oro, pero también por China y Rusia...
 
La apuesta histórica es a crear un sistema que blinde nuestra economía del racismo que se retuerce como una hidra en la instrumentación de los precios de guerra que buscan de manera demencial seguir aislando y excluyendo al pobre, al obrero, al trabajador, al que habían logrado por manadas expulsar del país o reducir a la esclavitud, generando una sociedad no sólo dividida sino fracturada, fraccionada, pauperizada, en la que unos, los privilegiados, vivieran a cuerpo de rey, mientras otros, literalmente, quedaran condenados a una muerte lenta, sin alimentos ni medicinas.
 
Llegó el Petro, una nueva lógica y el pueblo, gaceta mediante y empoderado, está dispuesto a salir a la calle a defender el salario petrolizado. 
 
En este debate nos encontramos, y la pelea es cuerpo a cuerpo, palmo a palmo de un territorio que es físico, virtual pero sobre todo simbólico.

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