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viernes, 17 de agosto de 2018

Revolución que no vemos


José Javier León


La oposición a través de sus medios, nacionales e internacionales, las redes y demás medios de difusión y difuminación de sus especies sicológico-terroristas, especializadas en escándalos de variados decibeles y bemoles, nos quiere convencer y a más de uno han convencido, de los chavistas digo, que no estamos en revolución. Ha sido más o menos fácil lograr esta suerte de vacío y angustia porque han entremezclado palabras y sentidos que no deben estar juntos a menos que se aspire a un estado de prístina pureza que la verdad no existe ni en el empíreo.

Para decirlo fácil y en tres platos: Estado, gobierno y revolución no son lo mismo. De Chávez se dijo y hasta él mismo entendió que era un infiltrado, un militar -de academia y- revolucionario (primera infiltración, pensándolo bien), proveniente del pueblo más humilde y que, según su propio testimonio logró “colarse” en las estructuras del aparato militar -para más tarde, literalmente conspirar- y tras una rebelión militar que lo mostró al pueblo en una sola pieza resquebrajó la “democracia de partidos” adeco-copeyana. En elecciones y por la voluntad del pueblo hastiado de neoliberalismo y pobreza extrema, ocupó raudo pero descollante “la silla” que estaba reservada para los escogidos de las élites, muñecos ventrílocuos de la burguesía y las trasnacionales.

Desde entonces, la pelea cuerpo a cuerpo es entre los revolucionarios y revolucionarias contra las formas enquistadas de gobernar que parecen trasudar de las mismas paredes, escritorios, firmas, ventanillas, gavetas, sellos y horarios de oficina, de la eterna y abotagada administración burguesa.

A esa lentitud proverbial se opuso Chávez imponiendo por decretos un estado alternativo erigido sobre las Misiones. Poco a poco, de tanto bypassear al Estado las misiones devinieron parte del estado y en muchos casos se contagiaron de aquella lentitud y contradicho su dinámica y flexible naturaleza.

Algunos ministerios heredados del anciano régimen vieron con pasmo y rubor como comenzaba a desfilar sangre y prácticas nuevas por los amodorrados pasillos. Otros, los nuevos, se contaminaron de las viejas formas y asumieron como propios los formalismos. En otras palabras, en todos lados vemos lo nuevo y lo viejo entrechocando, viéndose las caras, enfrentando o transando.

Por ejemplo, la universidad en la que trabajo, nacida sin duda al calor de la revolución y que llamó a sus filas a quienes estaban dispuestos a construir una educación liberadora, vino lastrada por prácticas decadentes, heredadas de las universidades centenarias. En los nuevos espacios (algunos viejos o recuperados), lo viejo y lo nuevo se enfrentaban, paradigmas vetustos y recién nacidos se enfrascaban en largas y arduas discusiones dignas de mejores resultados. Pero en fin, era natural que tal cosa ocurriera pues la carga del pasado se expresa en el presente y sólo un movimiento revolucionario puede buscar desembarazarse de los restos, dejarlos atrás y avanzar abriéndose paso en lo incógnito.

Lógicamente no es fácil aceptar que se debe desaprender; sobre todo cuando somos educados en la percepción elitesca y clasista de la meritocracia, del conocimiento experto, de la aristocracia académica que prohija el Índice Académico y otras formas pervertidas de los cuadros de honor.

No obstante, pese a ese pasado demasiado reciente, en la UBV hemos intentado hacer una revolución educativa, trabajando en y desde las comunidades, construyendo ciencia y tecnología pensando y pensada desde los territorios. Tenemos además, en nuestras manos, privilegio que no pocas veces pasa desapercibido, el poder de hacer revolución educativa, de reconocer saberes, de hacer alianzas estratégicas, y de investigar lo que en las universidades autónomas ni se imaginan, en campos fértiles pero invisibles para sus esquemas y preceptivas. Nos ocupamos así de realidades que de otra manera seguirían silenciadas.

Hace nada, por sólo citar un ejemplo, en uno de los proyectos que estamos desarrollando logramos en un espacio alternativo perteneciente a una emisora comunitaria, donde conviven los médicos de barrio adentro y una parvada de niños de la Fundación Niño Simón, en un humilde pero cálido salón nos reunimos para una clase titulada El Arte de Entrevistar, dictada por un comunicador popular que hizo apasionado acopio de su experiencia. Esa intervención suya, esa mañana, en ese ambiente, es expresión sin lugar a dudas -para quien lo quiera y pueda ver- de esa revolución invisible pero tenaz que se construye todos los días. Y entiéndase que es sólo un ejemplo de incontables que suceden a ojos vistas, que leemos y conocemos por diversas vías, que nos dicen como agua -que va al cántaro del capitalismo hasta que al fin se rompa-, que hay un hermoso país en movimiento, como cantaba el poeta Valera Mora.

Y ese país se mueve pese a todas las rémoras, heredadas y nuevas, que cuando no vienen del pasado se incuban y medran en el presente.

Es de ilusos creer que nos van a dejar tranquilos hacer una revolución, como si el odio y el racismo pudiera de pronto dejar de existir. Y pienso más, algo que debería ser bastante obvio: los obstáculos se multiplicarán hasta la asfixia en la misma medida en que se incrementa el grado de conciencia.

Si nosotros nos hemos infiltrado en el viejo estado, el capitalismo a su vez lo está en el sistema nervioso del gobierno revolucionario y por ende, del Estado. No es descabellado pensar que la intensidad de los ataques es inversamente proporcional a la fuerza de la revolución. Que la corrupción moral hace parte del abono que renueva la tierra de la patria naciente.

Si el capitalismo ha infisionado al gobierno y al estado, como naturalmente debe hacerlo para sobrevivir viviendo en los meandros de la burocracia, los revolucionarios no podemos menos que entenderlo, comprender empírica y científicamente su comportamiento y actuar en consecuencia. Al capitalismo le toca hacer lo que le toca: matar, pervertir, corromper; a nosotros, lo nuestro: amar la vida y crear por encima de lo que sea, las condiciones para la supervivencia de la especie humana y del ṕlaneta.

Como siempre, se trata de decidir entre el socialismo o la barbarie.




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